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Corey Glover: "Este disco habla de los años que pasaron" (*)

A más de veinte años de su debut con Vivid, Glover, Vernon Reid, Doug Wimbish y Will Calhoun se encuentran en plena forma. El vocalista señala que el principal secreto es mantener la cercanía en el estudio y ponerle fuego a la performance.

Por Luis Paz. Cultura & Espectáculos – Página/12, 13 de noviembre de 2009.- ¿Qué se obtiene al poner algo bajo una arcada? Una eventual puerta. Puede ser desde una frazada que separe un ambiente de otro hasta un autito de juguete que vuelva peligroso el cruce. Se puede poner el ejemplo de una silla y eso representará un camino cerrado. Por eso, cuando Corey Glover alumbra que "en realidad, se puede correr la silla o saltarla", con su oscura claridad, cobra un tono tan mesiánico como el del John Coffey de Milagros inesperados, pero con la parsimonia del Mr. Ecko de Lost. El color del cantante de Living Colour es tan parecido al de ambos personajes de ficción como su fuente de la sabiduría: la introspección que uno encontró en una celda custodiada por Tom Hanks, otro en una isla y Glover en la música de la banda que hoy y mañana en dos funciones (21 y 24) presenta The Chair in the Doorway, quinto disco, primero en seis años, en La Trastienda (Balcarce 480). En ese contexto, naturalmente surgen otras preguntas para el compañero compositivo del guitarrista Vernon Reid.

–La crítica y los fanáticos parecen coincidir en que éste es su mejor disco. Usted lo dijo también, pero ¿por qué siente que lo es?
–Cuando hacés tu primer disco, esas primeras canciones tienen mucho trabajo encima: las escribiste, pensaste, arreglaste y tocaste. No hay problema para el primer disco, ya tenés canciones. El segundo disco es el problema. Volvimos a algo parecido a esa situación de primer disco, y tal vez por eso dicen que éste es el más parecido a Vivid (el debut de 1988), porque hacía cinco años que no grabábamos. Siempre nos tomamos el tiempo para trabajar el groove, entonces cuando entramos a ese estudio de la República Checa (Sono Studios, en Praga) teníamos una provisión de sonidos, partes de canciones, ideas. Volvió a ser como armar un primer disco: hubo que poner juntas esas partes, buscándoles la onda. Cuando pasa eso, es un gran momento, divertido y creativo. Al haber sido como cuando grabamos Vivid, con más experiencia, creo que es nuestro mejor álbum.

–Además, es distinta la situación de entrar a un estudio luego de veinticinco años, y la dinámica de la banda está bien ajustada.
–Absolutamente. Todos metimos mano. Cada pequeña porción de música fue hablada y discutida entre todos, más allá de quién traía la idea. Eso también fue muy importante para hacer algo que nos dejara conformes. Pero honestamente, si bien todos metimos mano y echamos una mirada, el catalizador para las canciones fue Doug (Wimbish, el bajista). Es un gran músico en estudio y tiene una sensibilidad enorme para entender el groove de cada canción, además de ser quien arenga en el estudio, motivándonos a ir por más. Si de alguien depende que este disco suene así, ése es Doug.

–¿Grabar, para LC, es ahora un proceso más interactivo?
–Efectivamente. Y es todo parte del proceso. En Colleidoscope éramos nosotros reencontrándonos, pero en este disco es ese nosotros juntos, persiguiendo una idea y un concepto que tienen que ver con este momento de nuestras vidas, no sólo como músicos y miembros de esta banda, sino como personas. Si no hubiese conocido a Will (Calhoun, el baterista), Doug y Vernon, sería alguien distinto. Y lo mismo para los demás, y especialmente para Living Colour. Nos dimos cuenta de que somos partes fundamentales en la vida de los demás. Por eso seguimos. Y porque nos amamos.

Eppur si muove, aunque esté la silla en la arcada...
–Nada puede impedir el movimiento. Si ponés una piedra en un río, tal vez flote, pero el agua seguirá corriendo debajo. Si ponés una roca, el agua se abrirá paso. Las cosas pueden ser más rápidas o lentas, más fáciles o difíciles. Pero nada puede impedir que sean, que se muevan. Ese concepto llegó en un momento que con Vernon nos planteábamos la falta de progreso de la banda en el tiempo anterior a grabar The Chair in the Doorway. Y dijimos: "Bueno, si hay una silla en la arcada, o la corremos a un lado o la saltamos, pero sigamos". Y así nació todo esto.

–"Esto", su segundo álbum en quince años. De Stain (1993) a Colleidoscope y desde entonces hasta aquí, muchas situaciones relacionadas a hacer música han cambiado. ¿Cómo entraron en esos cambios tras pausas tan largas?
–Sin entrar en lo que no nos interesa. Hacer discos es una movida muy distinta ahora. Los podés hacer con una laptop sin que sea necesario tener a los músicos juntos en un estudio. Seguimos como siempre, con la decisión de que debíamos estar juntos, compartiendo ese espacio, para entender mejor las canciones que nos surgían.

–Antes esa dirección la llevaban usted y Vernon.
–Es que nos necesitamos para poner todo esto junto. Uno podría haber pensado una canción y dicho a los demás: "Toquen esto", pero estar en un grupo no se trata de eso. Cuando empezás, a veces tenés que salir a jugar, o querés, sin haber encontrado la dinámica del grupo. Pero eso ya no pasa en Living Colour: lo que hace que esta banda suene así es que trabajamos los cuatro juntos. No se trata de que "soy Corey y mi estilo es éste y sueno así", sino de ver cómo encajar esas voluntades, esas piezas e ideas en algo mayor. Habremos hecho dos discos en quince años, pero ése no será el patrón siempre. Cuando terminemos esta gira queremos volver a grabar.

–De regreso a lo de los avances técnicos del último tiempo, hace quince años tampoco existía Flickr, donde pusieron a concursar a sus fans con diseños para el arte de tapa de su álbum. No reniegan de todo.
–No, de hecho estamos con otro para que manden propuestas de videos para las canciones. La tecnología trae facilidades útiles, hace más fácil comunicarse con la gente que está interesada en lo que hacés y con gente que hace lo que te interesa. Hace quince años había un par de sitios donde discutir sobre música. Hoy podés conseguir un disco, un recital entero, ver desde acá un show en Europa del este, entrar a Twitter y preguntar cosas y leer lo que se nos ocurra, tener un contacto inmediato con la persona a la que le gusta lo que hacés. Es una locura. El acceso a eso es la principal utilidad que le encontramos. Tengo un amigo argentino por Facebook, y hubiera sido rarísimo lograrlo por correo postal.

–Desde que todo eso se generó es más fácil que se originen amistades allí que en un colectivo.
–Lo fundamental es no perder la condición humana, estrecharle la mano a alguien que te admira o que admirás, esa charla mirando a los ojos. Ahora le estoy hablando a su grabador, pero cuando escriba esto no le parecerá un momento tan interesante como éste, ¿verdad?

– Como un disco no reemplaza a un show, aunque lo registre.
–El disco es una diapositiva del en vivo de la banda. Si te gusta, ahora vení a vernos tocar esa misma música en vivo. Todo es diferente a cuando lo grabamos. Y será distinto la semana próxima.

–¿Cómo era al entrar a Sono Studios?
–La idea fue hacer buenas canciones que dijeran lo que tenían que decir de un modo conciso. Ninguna dura más de cuatro minutos, van al grano. Si tenés poco tiempo, en menos de una hora podés quedarte con todo eso que Living Colour tenía para darte en ese momento de 2008, al grabar. Y si te parece poco, vení al show, que es lo que te va a mostrar dónde estamos hoy, mañana o cuando sea que vayas.

–"Pero ve, no te quedes solo." A propósito, hay dos interpretaciones probables sobre The Chair in the Doorway y son que retrata la soledad y que le opone a la comunión sacando la silla del camino.
–En este álbum hablan los años que pasaron en mí. Efectivamente es un disco sobre el paso del tiempo y sobre cómo pasé ese tiempo conmigo mismo, en soledad, pensando. Somos más viejos, no es ningún secreto, y llegamos a un punto en el que podemos estar conformes con nuestras vidas. Pero todos tenemos dudas, complejos y tristezas, a todos nos pasan cosas malas. Si estas canciones hubieran llegado en los '90, no habría tenido idea de qué hacer con ellas. Ahora sé lo que es entregar las llaves de tu casa de siempre, llamar a alguien querido y que ya no esté. Lo sé porque lo viví.

–En "That’s What You Taught Me" podrían estar hablándole a la vida.
–Es que más allá de que todo lo que la vida nos da a diario no esté bueno, e incluso si existiera la posibilidad de cambiar lo que pasó, no lo haría. Sin eso no podría pensar así ahora. La vida me dio muchas emociones, buenas y malas, pero la amo y estoy agradecido. Es como cuando te gusta mucho una banda: aunque harías distintas algunas cosas, la amás así. Ustedes lo entienden, son un público de rock interesado, que comprende las expresiones de la música. Hay gente que sigue a la banda por onda, otra porque puede mover la cabeza o porque el bajista es lindo. Pero los argentinos escuchan, aunque no entiendan el idioma, sienten el rebote, el groove, la parte emocional de la música. Y eso es genial. Es algo que pasa en toda Latinoamérica, pero principalmente en Argentina y en Brasil.

–Alguna vez lo llamaron Sudakan Way Of Life.
–Es algo muy de ustedes esa forma de expresar las emociones que les despierta la música. La emoción es internacional, claro, la música también, pero ustedes las expresan de un modo fantástico. En Norteamérica y en algunas partes de Europa no sienten la música, la usan. Es un estímulo externo que los lleva a manifestarse y sacar lo que tienen adentro: la bronca, el aburrimiento. Prefiero entenderlo al revés, como eso que me toca los nervios, que me enseña o me deja una canción, que me imprime algo. La música es impresión, no expresión.

–De eso también habla el disco: de estar solo en compañía de uno mismo, de rastrearse, de ver qué es todo eso impreso en uno.
–Está buenísimo estar con vos mismo, porque te entendés, te ayuda a ver quién sos. Después de esos días en los que te pasás reflexionándote, si alguien te pregunta cómo estás, seguramente tendrás algo más interesante para decir que "bien".

–¿No se busca en la música una respuesta mayor a "bien"?
–Siempre habrá más preguntas que respuestas en la música. Y las pocas respuestas que puedas encontrar sólo traerán más preguntas: ¿Qué pasa si toco esta progresión de acordes? Me siento asá. Pero ¿por qué? Porque me recuerda a tal mujer. ¿Pero por qué me la recuerda? Es una locura. ¿Por qué se dice que "Mi" es la nota más triste? ¿Por ser triste en sí o porque es la base del blues, que es bajonero? Estoy seguro de que podés hacer que "La" sea triste. Así siguen las preguntas, y mientras más buscás, más ideas encontrás. No respuestas, pero sí más combustible para el pensamiento y la acción.

–Se ha dicho que, como los colores, hay notas cálidas y frías.
–Todas las sensaciones se pueden parecer a un color, a un sabor, pueden ser suaves y agresivas, salvajes y mansas. Y la música es una forma de probarlas, el amor es otra, la amistad otra, la reflexión otra. Estar vivo se trata de tener color, de sentir emociones, ¿o no?

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/2-15988-2009-11-13.html

Colectivo de solistas en acción (*)

Con su sexto disco en las bateas, Árbol profundiza un modo de trabajo en el que cualquiera de los integrantes puede “ponerse la 10” y guiar al resto, y donde las canciones son como ramas que crecen en diferentes direcciones, sin padrastros limitantes. No me etiquetes, pide el disco. Y ellos también, claro.

Por Luis Paz. Suplemento NO – Página/12, 12 de noviembre de 2009.- Cuenta la leyenda que una noche, no hace mucho tiempo, Pablo Romero se quedó dormido y Carlitos se metió en su sueño para mostrarle un tema. No fueron ni Menem ni Gardel, sino Carlitos Rodríguez, también conocido como Boom Boom Kid. El sueño y la canción fueron compartidos al resto de los Arbol –como tantos otros sueños y canciones previos– y tomó forma en "Es verano", el sexto track de No me etiquetes, la sexta producción discográfica de la banda de Haedo, que ocupará vaya uno a saber qué batea en los próximos días. En la búsqueda de más anécdotas y para intentar desentrañar con Pablito Romero, Martín Millán, Seba Bianchini y Hernán Bruckner la posibilidad de una musicalidad más allá de todo rótulo, el NO se perdió entre los talleres mecánicos y las parrillas al paso de Warnes hasta llegar al cantero de Arbol. Perdón, a su bunker en Caballito. Y bueno, allí pasó algo muy parecido a esto...

Un Arbol para todos y todos para un Arbol

"La semillita de este disco fue de Pablo, que llegó con la idea de canciones que tiraran una energía positiva. Veníamos con esta vibra rara de acarrear una crisis y una pandemia, y grabar este disco fue hacernos cargo de que somos un grupo que hace música para la gente llevando un mensaje de alegría", da inicio al intercambio el batero Martín. Pablo abre la participación a sus compañeros, anticipando que "fue todo un proceso" elegir las canciones, pero estuvo guiado por la claridad de querer "un disco arriba". Todos compusieron, todos cantan, todos tocan, pero en Romero cayó el papel de productor, ropa que ya se calzó en decenas de discos independientes y de amigos. "Traté de separarme entre músico y productor, y para eso me tomé un tiempo, unos veinte días, en los que los chicos ensayaron y yo iba sólo a escuchar y corregir", explica. Y al toque Martín agrega que Romero "se puso la 10 como productor" y que fue "atinado" que él dirigiera, de algún modo, el once inicial de canciones para No me etiquetes. La metáfora futbolera es algo que le encanta a Hernán, como él admite, y entonces, ¿por qué no habría de usarla? "Una característica que fuimos aprendiendo de nuestro funcionamiento colectivo es la rotación. Cada uno puede ser el 10 o el defensor que agarró la pelota, vio el hueco y se mandó. Si eso ayuda al equipo, adelante." Aunque recuerda que la intención original fue que existiera la figura de un cantante, más allá de que todos participaran de los arreglos vocales y de los coros.

Unos 35 frutos dio la cosecha, pero sólo 11 fueron envasados en el disco, que viene a profundizar la segunda vuelta comenzada en Hormigas y los encuentra ahora como un cuarteto más ensamblado y más cómodos en la autogestión productiva de su música. "La elección de canciones no fue difícil, porque el concepto del disco estaba muy claro, pero llevó su tiempo porque nos divertimos tanto que compusimos mucho", destaca Pablo. "Imaginate que para estrenar una casa organizás una fiesta con tus amigos: así fue", ilustra Martín. Y No me etiquetes es el primer pibe nacido en esa salita aislada en un PH de la calle Tres Arroyos. Hay dos temas que priman en esta media hora de música y ambos se reconstruyen de la intertextualidad de las once piezas: por una rama, el concepto que bautizó al disco y que inevitablemente coincide con la esquizofrenia rítmica del grupo; y por la otra, la unidad como gran valor que se busca rescatar, sea la de un viaje a Bariloche, la de un barrio, la de un grupo de amigos que sale de juerga, la de un amor prohibido, la que simulan el verano, la arena, el sol o un CD. "Un colectivo en acción compuesto por solistas", así se definen ellos, frente a toda etiqueta, en el booklet del disco. Lo explica Seba: "Defendemos la personalidad de cada uno porque, el hecho de que haya distintas, ayuda a que se generen más cosas en la personalidad de la banda. Y nos enseña a encauzar nuestras personalidades fuertes".

Uno por uno, los once

–Siempre tuvieron temas "para arriba", pero más en el sentido de "al palo" que para la pista de baile. "El sábado en Ramos", corte de difusión, ¿viene a llenar ese lugar?
Romero: –Quisimos experimentar con lo lúdico. No es Paul Oakenfold, pero es una mirada de la música electrónica que tiene que ver con ese humor que usamos, que parece que te dice una cosa, pero te dice otra. Mucha gente entendió que no es una bardeada por elevación sino un modo de ver lo que está pasando con los pibes, lo que podés ver en Policías en acción. Pero es esperanzada cuando dice que "la felicidad sólo es real si es compartida", que es una parte de la letra que trajo Seba.
Bianchini: –Hay una necesidad de compartir con los demás para hacer que algo sea real. En la soledad no podés generar un montón de cosas. La energía de un boliche tiene que ver con eso, los recitales tienen que ver con eso y Arbol tiene que ver con eso. No hay mucha vuelta.

–Enseguida van al palo con "Puñal" y vuelve...
Millán: –¡El esperadísimo solo de violín! (ríe a carcajadas). Sí, ahí es como que vuelve el Arbol más rastreable. Ese tema muestra un perfil conocido de nosotros, que es hacer hardcore, donde nos movemos bien.
Romero: –Hicimos muchos estilos en este disco y en nuestra carrera, por eso a veces nos cuesta meter un tema hardcore, porque nos puede parecer que sale solo, que es fácil. Pero no deja de ser divertido.

–En "Volveré a mi barrio" reinciden, también, en hacer la crónica del Oeste que hay en "El sábado en Ramos". Es como el humor geográfico de Capusotto, pero con la música. Algo malo debe tener el Oeste, vamos...
Millán: –Hay un encanto que genera el Oeste: tenés el agite, las chicas, las plazas, las callecitas con sombra para caminar tranquilo.
Bianchini: –Y está lo otro, lo que se fue perdiendo de la identidad y la unidad del barrio. Por eso la canción habla de volver a rescatar el concepto de barrio, al almacén sobre el supermercado, a la casa sobre el edificio. Y también habla de volver al barrio, les canta a quienes en un momento tuvieron que irse, por laburo, exiliados o por amor.

–También hay una fotografía del mito que es el viaje de egresados a Bariloche en "El viaje de mi vida", un tema romántico.
Millán: –Claro, pero desde un lugar particular, que es el del pibe de 15 o 16 que nosotros también fuimos antes de ser Arbol, con todas las expectativas de esperar al último año para romperla en Bariloche. No somos pibes, pero jugamos a ponernos en ese lugar porque todavía lo entendemos y porque siendo Arbol tuvimos muchos viajes a Bariloche.
Romero: –Y es un tema que retoma esa voluntad de unidad que tiene el disco, también. Cada pibe va a Bariloche con una historia distinta y allá por ahí están súper unidos y escuchando lo mismo, bailando igual.

–Eso enlaza con "Ji Jó", que es un tema que bien podría perrear una señorita en Pachá o cantar un muchachito de Flores en una bailanta.
Romero: –Es cierto. La idea del tema fue que tuviera un sonido bien noventero y rescatar eso de que siempre cantamos todos en los discos. Se nos hizo divertido y musicalmente eso le aportaba algo distinto a No me etiquetes, mostrando que podemos indagar en algo así también, en el hip–hop. Era una cuenta pendiente laburar voces desde el hip-hop. Y, como "El sábado en Ramos", no tiene la intención de corregir sino de mostrar lo que está pasando con los pibes en ese "no lugar", en esa imposibilidad de pertenecer. Toda la gente quiere pertenecer a algo.

–Pero sin etiquetarse, elocuente ironía. En el orden del disco viene "Es verano", que casualmente cae justo para ser tema de estación.
Romero: –La canción remite a un jingle veraniego, pero no quisimos llevarlo para ese lugar. Fue cumplir un sueño. Y un sueño de verdad. Un día soñé que venía Carlitos, Boom Boom Kid, y me mostraba este tema. Quería invitarlo porque soy fan de él, pero sigue siendo un sueño colaborar con él porque estaba de gira mostrando Freesbee y no pudo. Si te fijás, la canto en un registro muy agudo, que no es el mío, porque la escribí pensando en que la cante Carlitos.

–Siguen los diminutivos: turno de Paquita...
Millán: –Ese tema es muy raro y muy divertido. Es un doble cover de Paquita la del Barrio, una cantante mexicana. Es una mujer que toma la sartén por el mango, una especie de María Martha Serra Lima que canta boleros mexicanos con letras fuertes y alzando una bandera casi punk.
Romero: –La conocimos en México, cuando fuimos con Café Tacvba. Nos tocó hacer después una gira nosotros solos e ir a dar notas y eso. Hace poco nos enteramos de que la Sole también hace un cover de ella.

–¿Ya sabían cuáles eran las preguntas sobre cada tema? Porque ahora viene una sobre la relación de "Yo soy lo más" con Jesús María Barbero, en la que hay que preguntarles sobre el folklore. Y cae la Sole.
Todos: –¡¿Lo quéeeeee?!

–Barbero es un sociólogo cultural que, entre otras cosas, estratificó las relaciones sociales en: lo indígena en lo rural, lo rural en lo urbano, el folklore en lo popular y lo popular en lo masivo. Yo soy lo más arranca con sonidos campestres, se va para lo tropical y, siendo una canción de folklores latinos, pinta para agites masivos en vivo.
Romero: –Qué loco... No conocía a Barbero; es una canción que Seba trajo y fuimos cerrando entre todos. A Hernán se le ocurrió jugar con un paseo largo por estilos y compases. Nos gusta que el beat cambie, pero que te siga llevando y jugar con eso. Y termina en una tarantela o algo así, bien a lo Arbol. Nos divierte jugar con la música, es eso.
Millán: –Ese tema es el pico de lo lúdico en todo el disco, creo.

–"Corazón de naranja" era esperable. Y no es algo malo, simplemente faltaba la canción de amor en el disco. No la cursi sino la romántica, la épica.
Romero: –Exacto. Esa canción habla de un ladrón que sale a robar y se enamora de su víctima, porque ella le da un corazón de naranja. "Te doy mi corazón", lo escuchamos todos. Pero comerlo y que sea jugoso y rico debe ser algo mágico, ¿no? Y va a eso de No me etiquetes: el tipo fue a hacer algo malo, ella no lo etiquetó, y terminaron en algo lindo.

–En "Etiquetas" ponen a hablar al disco, pero también se parece a un manifiesto de la banda. Debe estar buenísimo seguir en esa búsqueda de la libertad. Pero, ¿no es más jodido a medida que pasa el tiempo?
Romero: –Hay que buscar la forma. Por ejemplo, a ese tema le armamos la estructura y los arreglos, pero no lo ensayamos. Después de 15 años nos dimos el lugar para hacer algo que siempre quisimos, que era agarrar un tema y decir: "OK, juguemos en el estudio, probemos nuestra espontaneidad y grabemos con esta guía". Fue poner a andar todo el oficio de esto que llamamos nuestro "colectivo de solistas en acción".

–Terminan con "Abuela", pero no vamos a hablar de ella porque algo hay que dejarle abierto al lector. Lo que sí, en el booklet agradecen a Rotisería Arce...
Romero:
–Arce es una rotisería taiwanesa de una pareja. Cuando nos vinimos de Haedo, nos mudamos a Córdoba y Jorge Newbery, y ahí nos copamos con la movida macrobiótica que nos mostró Seba. Ahora que vinimos para Warnes fue como "Warnes, carne, muchachos, gomerías, ¿dónde vamos a comer?". Y encontramos este oasis. La alimentación sana puede ser divertida y es importante para tener una buena vida. De la comida te recargás de la energía necesaria.

Ninguna etiqueta

El camino de la charla lleva solo. El bagre pica. O "pinta la lija", como agita Martín. Entre las miradas atentas de la vecindad y la búsqueda de locaciones para las fotos que ilustran esta entrevista, se les tira un poco más de la lengua. Y ellos, cordiales, responden.

–Con esto de No me etiquetes en mente, ¿no estaría bien definir a Arbol como un gran supermercado donde no hay góndolas y todo está revuelto y sin marcar?
Romero:
–Estoy de acuerdo. Es un supermercado bastante grande, musicalmente hablando, pero sin esas góndolas tipo "alterlatino" o "indie". Nuestra carrera fue siempre muy amplia y vemos que falta mucho más para hacer, otras cosas en las que innovar, en la música y entre nosotros, en nuestro modo de hacer. Y nunca sabemos qué nos vamos a llevar de ahí.

–Ahora, ¿puede efectivamente existir una proveeduría así, genérica?
Romero: –En el ADN del grupo estuvo siempre todo eso, no está forzado, ni es que sigamos nuestra historia de banda que toca de todo para poder decir que somos raros, sino porque es lo que nos sale y más que nada porque es esencialmente lo que disfrutamos. Hacemos "música" a secas. Y no digo rock, digo "música". Es nuestra vía de vida y de poder sembrar algo, porque todos venimos acá para algo.
Millán: –Arbol es seguir esa utopía: si las etiquetas ya existen, tal vez Arbol sea lo que muestra la tapa del disco, una manera de buscar que esas etiquetas den forma a algo mayor, una textura, una historia.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/no/12-4380-2009-11-12.html

La leyenda del Ave Fénix (*)

Pampa Yakuza, el noneto que no sabe (ni quiere saber) de categorizaciones, celebra por partida doble, porque también tiene listo el CD+DVD Naturaleza revivir. Y piensa llevar sus canciones a todas partes, como siempre.

Por Luis Paz. Suplemento NO – Página/12, 12 de noviembre de 2009.- Apto para mayores... de 7 años: así es el show que Pampa Yakuza dará mañana en el Teatro Flores (Rivadavia 7806), junto a Andando Descalzo. Y la intención es que sea una fiesta para todos los públicos. O más bien para su público, ése que los cobija a todos. A la mesa de un bar, el guitarrista y corista Lucho Katz lo explica mejor: "En los shows de Pampa Yakuza tenés públicos de todos los estilos y dentro de esos hay gente a la que no le interesa ir a mamarse, ni a fumar porro, sino a pasar un buen momento. Es simplemente eso lo que buscamos: darles buenos momentos a todos, tengan 10, 18 o 50, fumen o no porro, se escabien o no". Pero, ¿por qué festejar? Bueno, la razón es doble y más que válida: por un lado, los diez años de esta banda con estilo no estilo que agarra un poco de ska, algo de punk, bastante de reggae, un toque de ritmos folklóricos y otro tanto de rock; y por el otro, su producción más reciente, el CD en vivo más DVD Naturaleza revivir, que comprime y registra un camino de una década, dos crisis de por medio (una social y económica como la de 2001, otra social y cultural como la de Cromañón) y tres discos anteriores.

Luego de un año que les dio "muchísimas satisfacciones", entre las que se destaca la edición de este álbum (que viene acompañado de una cuidada edición, con postales rememorativas y demás), la banda de Liniers volverá al mismo escenario sobre el que dio factura a su primer DVD, filmado el 13 de marzo pasado en el reducto de Colegiales y dirigido por Federico Bezenzette, de la productora independiente Si Lo Sentís Hacelo. "La verdad es que llegamos más tranquilos que entonces. Ese show fue una locura, volvimos el 31 de enero de la Costa y el 2 de febrero ya empezamos con ensayos de lunes a domingo: había que preparar la puesta, planificar el vestuario, pensar un segmento acústico que fuera dinámico...", admite el cantante Hernán Saravia.

El doble compilatorio (de sonidos y de imágenes) cierra una década en la que Pampa Yakuza logró afianzar su público, su música y su ruta dentro de la producción independiente: "Estamos muy contentos porque, después de tanto laburo y tanto tiempo, podemos darnos gustos como realizar el DVD y hacer un resumen en disco de lo que, a criterio de la banda, son nuestras mejores canciones", sigue Hernán. Algunas ya tienen diez años. ¿Cómo no cansarse de ellas? "Nunca te cansás de una canción. Son como tus hijos, te dan ganas de verlas crecer. Por eso intentamos darles una vuelta, y para este show en El Teatro con Andando hay otras sorpresas también. No será reproducir ese DVD; cada show es único."

–En estos diez años les pasaron muchas cosas, entre ellas dos crisis muy grandes que, en el momento en que los alcanzaron, podían haberlos desanimado.
Hernán: –Es que con eso también tiene que ver el nombre del disco, es la Naturaleza revivir de Pampa, que es como un Ave Fénix. La banda empezó en el '97, con una formación distinta, y a mediados de 2000 nos separamos porque algunos pibes tenían su carrera y no les cerraba la banda. Aparte habíamos firmamos un contrato que finalmente se pinchó y las expectativas de todos se pincharon a la par. En 2001 no estábamos juntos como banda, aunque nunca dejamos de vernos, pero en esa época escribí "Puede ser", que está en Carnaval para tu desconsuelo (2003) y que fue uno de los disparadores del reencuentro de Pampa. Curiosamente, porque ése era un diagnóstico de lo que pasaba en el país, con el ojo puesto en no quedarnos con esto, unirnos e ir a por algo mejor. Terminó siendo un empujón para renacer, también.

–Y dos años más tarde, cuando parecía que ya se acomodaban, Cromañón...
–Cuando pasó lo de Cromañón fue el segundo año en que pensábamos irnos de gira. Teníamos un montón de cosas cerradas, el alquiler de la casa señado, las fechas, el flete. Nos íbamos dos semanas después y nos fuimos nomás, ¿qué íbamos a hacer? Si acá todo era jodido, en la costa no había un puto lugar habilitado. Además nos golpeó en lo personal por conocidos que fueron al recital, amigos de Ojos Locos.

–¿Hubieran podido llevar más gente sin Cromañón de por medio?
–Mmm... tal vez. A veces la gente piensa que porque tocás en un lugar para 1500 ya te paraste, pero no es todos los días esa clase de show: un día tocás para mil, y otro para 80 y salís perdiendo guita. ¿Cuándo te vas del under? Creo que no terminás de irte nunca.

–Bueno, Massacre llenó Obras, el Luna y toca en boliches para 800...
–Las fiestas y los boliches reemplazaron un poco a los lugares que cerraron luego de Cromañón. Aunque no es "tu" show y tocás pocos temas, haber tocado tanto te da cierta posibilidad de que te conozca otra gente. Y el laburo en el under es llevar la música a los lugares y la gente. Esa fue la lógica de mandarnos igual a hacer la gira entonces y seguir con la idea de hacerlas ahora: es armar base, que la gente nos escuche. Uno hace música como hobby, pero en un momento dice: "Para algo estoy acá, ¿o no?".

Si algo no se le puede reprochar a Pampa Yakuza es estrechez de shows: de La Trastienda a El Teatro, de las Fiestas Clandestinas a Rosario, de acá para allá. Y eso refuta aquello que proponen algunas bandas, muchas incluso con menos años que ellos, acerca de que "tocar seguido cansa al público". Para Lucho es "una lectura", pero la de ellos es otra: "Un día tocás en Avellaneda y a la semana en Rosario. Está buenísimo que haya un grupete que te siga a todos lados, pero la realidad es que no siempre es la misma gente. Tenés que ser solidario y llevarles la música a ellos también, que no siempre el público tenga que viajar a verte al mismo lugar. Y una realidad mayor: el músico tiene que tocar para vivir".

–En un momento, esos amigos que te bancaban los primeros shows, pagando entradas con las que cubrías el sonido, dejan de ir...
Hernán: –Cuando empezás, tus amigos te solventan el vicio. Y encima te sentís mal porque no podés escabiar con ellos porque tenés que guardar los equipos y subirlos al flete, o porque no podés hacer que todos pasen gratis. Pero, bueno, es loquísimo cuando pasás de eso a llevar "tu gente".
Lucho: –Y ahora pasa algo más raro. Bah, hace un tiempo ya... Cuando arrancamos era gente de 20 para arriba, y ahora el 50 por ciento debe estar entre los 15 y los 18, hay mucho piberío.

–¿Eso les plantea otra responsabilidad a la hora de componer?
Hernán: –No compongo para un target, pero se ve que los pendejos se ven identificados con lo que escribo. Cuando lo hago, tengo la necesidad de contar algo y de hacerlo de un modo interesante. Es verdad que viendo que en el público que movemos hay muchos pibes no nos vamos a poner en bolas en el escenario. Pero también es una responsabilidad el hecho de decir: "Bueno, chicos, pero miren que nosotros estamos parados en este lugar", sin necesariamente hacerles una bajada de línea.
Lucho: –Y tiene que ver con que no somos los mismos de hace diez años. Cuando tenés 18, 20, pensás en el faso, la birra, las minas y el fútbol. Pero como banda tenés que buscar un mensaje más allá. Porque te cayeron otras fichas más y entonces te reacomodás, entendiendo mejor la vida.
Hernán: –O siéndole más funcional; es algo que todavía no entiendo bien.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/no/12-4382-2009-11-12.html

Lanzamientos: D-Champions (*)

7-La fe
D-Champions. Triple RRR, 2009.

Por Luis Paz. Cultura & Espectáculos – Página/12, 11 de noviembre de 2009.- ¿Cómo seguir siendo una banda novedosa tras doce almanaques y sin nunca haberla pegado? Esa parece ser la búsqueda del grupo liderado por Santi Amor. La renovación musical constante y la exploración poética de la cotidianidad parecen ser los métodos propios de la banda, que logra un resultado realmente muy bueno, con la desfachatez de hacerle un corte de mangas a la mala suerte con trece canciones fieles a las líricas circulares y las estructuras simples. La apertura "Ya no hay reyes" es tal vez el rato más divino, pero La fe es siempre superadora y en combo pega más.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/7-15957-2009-11-11.html

Fiesta con sabor agridulce (*)

Los Auténticos Decadentes, Los Fabulosos Cadillacs, Gogol Bordello, Calle 13 y Catupecu Machu pusieron el moño al festival en el Club Ciudad, ensombrecido por el brutal recorte de sonido impuesto por el gobierno porteño. El saldo final fue de 80 mil espectadores.

Por Luis Paz. Cultura & Espectáculos – Página/12, 10 de noviembre de 2009.- Hubo un día en el que una mujer se asomó a un balcón para reclamar en nombre de muchos y recibió los insultos de decenas de miles que se le opusieron. Le pasó a Evita, claro, pero en este caso se trata de la vecina del Club Ciudad de Buenos Aires que, recurso de amparo mediante, logró que el "ruido" provocado por la jornada final del Pepsi Music 2009 no superara los 95 decibeles. En definitiva, la fecha que Los Auténticos Decadentes, Catupecu Machu, Calle 13, Los Fabulosos Cadillacs y Gogol Bordello compartieron en escena quedó transformada en una fiesta karaoke en la que pasó y se tocó de todo, pero no se escuchó demasiado.

"Silencio que no es silencio", habían anticipado Los Tipitos temprano. Y la fiesta ocurrió igual, aunque a media máquina. Fue con los Decadentes la primera oportunidad de verlo: el vozarrón de Cucho sonó tan despegado de los solos de Diego Demarco y los splashes de Martín Lorenzo que en el bajo y el bombo quedó la responsabilidad de orientar a todos. Es que al viento (sí, a ese insípido soplido bobo del domingo) no le costó mucho llevarse de aquí para allá las frecuencias altas propias de las seis cuerdas, los platillos y los bronces. Igual, los Decadentes recorrieron su cancionero popular y festivo ("La guitarra", "Cómo me voy a olvidar", "Vení Raquel") y acompañaron a Jorge Serrano en la presentación de dos canciones de Alamut, su reciente disco solista: "Fósforo" y "Emociones negativas".

Lo de Gogol Bordello arrancó más de un momento de diversión y catarsis. En líneas generales, con ese karaoke por fonética que improvisó el público en un amorfo esperanto de Europa oriental. Pero también en lo particular, con un bajo de dub, un violín balcánico, un frontman gypsy, un acordeón sonando como órgano sagrado, un redoblante apenas utilizado y una docena de canciones cuyos títulos en ucraniano no le representarán demasiado al lector y son difíciles de transcribir, salvo el hit "Start Wearing Purple".

En el siguiente show continuaron las rarezas: la humanidad curvilínea de Flavio Cianciarulo en viola, el jopo aerodinámico de Nix (Historia del Crimen) en contrabajo y toda la vitina tomada por Astorboy en batería dieron forma a Misterio y su set de surf punk y rockabilly. Subió Vicentico y, mientras en otro escenario a los colombianos de Dr. Krápula les cortaban el sonido antes del estribillo del último tema, el cantante recreó junto a su hijo violero el "Guns of Brixton", de The Clash.

Eso anticipó la reunión Cadillac sobre el escenario, pero mientras se acomodaban, en algunas zonas del campo se podía oír (por vías milagrosas) lo que Dante agitaba en el escenario Isla: "A partir de ahora el que no la agita es policía, guacho; es comisario, gato; es alcahuete, hermano. Yo soy Miguel Bosé (¿?) así que poneme bien la cola, mami"... Suficiente. Volviendo a Cadillacs, su show "sorpresa" fue para oficiar lo que será una "despedida por un tiempo". Más palabras fueron innecesarias luego de que terminaron de acomodarse e hilaron "Basta de llamarme así", "V Centenario", "Mal bicho", "El genio del dub", "La luz del ritmo" y "Carmela", entre otras, y demostraron que lo suyo es el ritmo y la sustancia (lumínica). Pasó otro rato y, aunque en los recitales de Babasónicos se hayan visto mejores calzas, varios momentos del show de Calle 13 pusieron a pensar en tener hijos. O en practicar para hacerlo. Entonces se reparaba en esos locos bajitos del festival. Hubo dos que en 10 años, cuando empiecen a adolescer, podrán contarlo: "Jugamos al fútbol con una lata de Speed mientras tocaban los Cadillacs". Y habrá uno que retrucará: "Yo comí helado en el VIP viendo a Calle 13".

"A ver, periodistas, no se confundan, esto no es reggaetón", anunció René, el Residente de Calle 13. "Y a ver los vientos, ésta es la esperanza del pobre", agitó para desatar un show de oscilaciones de caderas y cabezas entre el público acalorado. El "Say No More" que tenía escrito en la espalda no hizo más que confirmar la presencia de Charly en el Club Ciudad. García no dijo ni cantó nada desde el tablado, pero las casi dos decenas de miles de personas enloquecieron con "Nadie como tú", "Cumbia de los aburridos", "Fiesta de locos" y "Se vale to'", en la que seis afortunadas se montaron al escenario e intentaron hacer lo mismo con René, sin demasiado éxito, pero aun así con considerable ritmo. Sobre la solidez rítmica de la banda --Visitante, como siempre, apenas se hizo notar visualmente, pero mantuvo el peso de la dirección musical--, el artista boricua siguió conmocionando: "Buenos Aires, no hay muros ni banderas, eso lo creó el HDP de Bush, no le crean. Y un saludo a todos los presidentes latinoamericanos que están enojados conmigo. ¡Que la chupen, puñeta!", dijo en su habitual tono mesiánico. El show alcanzó el clímax con "Atrevete-te". Las doce habían dado y movidas.

Y como si faltara algo, Catupecu Machu llegó a cerrar la jornada (y todo el festival) con la fuerza de un tigre enjaulado. Fernando Ruiz Díaz, Macabre y Sebastián Cáceres tomaron un bajo per cápita para el estreno "Ana Crusa" (de Simetría de Moebius); la vecina del Club Ciudad volvió a despertar alterada con "Y lo que quiero..." y el jefe de Gabinete del gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, se fue entonando "A veces vuelvo". La reflexión oculta del cantante, que mechó un verso de "Divorcio" de Massacre dentro de "Plan B" (cover de la misma banda) lo dijo todo: "Tan difícil todo se hace". Pero la fiesta debió continuar.

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