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Discos: “Atravesando” (Imperio Maltés, 2008).-

El tercer disco del cuarteto de brit y pop rock de Almagro resume en seis canciones más de una autorreferencia circular, como si se tratara de un film de Gaspar Noé. Las letras son acertadísimas, pero quedan las ganas de probar el gusto de Imperio Maltés tocando ritmos más acelerados.

Por Luis Paz. Agencia NAN, 21 de marzo de 2009.- Atravesando, tercer disco de la banda porteña Imperio Maltés, contiene tres representaciones de la gota: una inmoral que suda una turba famélica; una de metal que se afila cuando te despertás; y la panzona blanca que gotea el helicóptero de la portada de la placa más reciente del cuarteto nacido en Almagro en 2003. Amén del habitual giro autorreferencial que le aporta gratificaciones a quien interactúa con una obra, la aparición de la Gota como entidad en este álbum no tiene mayor carga que la curiosidad. La importancia del disco radica, como debe ser, en la música de Imperio Maltés, un reflejo de las influencias brit pop de sus integrantes (Daniel Sacroisky en voz y guitarra, Santiago Maíz en bajo, Ramiro Sofía Aguirre en batería y coros y Emilio Oliveiro en teclados y sintetizadores), pero releído desde el pop indie argentino de la década pasada.

En rigor, se trata sólo de seis temas, pero la multiplicidad de interpretaciones que surgen de las letras (en este caso, verdaderas poesías en formato canción) y los repentinos cambios de intención y dirección de su música dan la sensación de mostrar bastante una vez terminada la escucha. Claro que sería interesante apreciar otros estados productivos para la banda, escucharlos en un tempo acelerado, salir del 4x4, cambiar los arreglos de cuerdas por distorsión y todo aquello que, en definitiva, define en buena parte al indie de la década actual.

Pero por el otro lado Imperio Maltés es una banda más que se suma a la frondosa lista de colectivos musicales actuales con basamento en el rock independiente británico y estadounidense de comienzos de los 90s, algo que en Argentina siempre terminó siendo replicado de mejor forma que el pop rock independiente del 2000 (Strokes, Arctic Monkeys y después), aún un déficit local.

La escuela vernácula de Jaime Sin Tierra y Suárez es desde donde se entienden sus letras, rebosantes de imágenes y doble sentido tanto como las de Rosario Bléfari, Mariano Esaín o Juan Stewart. “Ha nacido un bebé enfermizo entre sus brazos y peligra su viejo poder”, la línea lírica de “El hijo del zar” que abre el disco, cierra perfecto con el “Si va a reír tose después” del final del mismo tema, pero presenta también una referencia a la pérdida del poder en otros ámbitos, que se retoma en “Reencuentro”, cuando Sacro recuerda que “alguna vez yo fui un ángel que tocaba el piano demasiado bien, también la bandera llevé hasta que un animal, una bestia, me hizo perder toda mi sensibilidad”.

No obstante, el reino de la sensibilidad no está perdido para ellos. Basta revisar algunos versos acertadísimos: “Dios no baja la mirada, ¿sabés? Por eso no nos ve” ó “Ni el terco puede evitar el giro del huracán”; y también “Aunque no quiera mirar el cuchillo sigue estando ahí”, que cierra otro círculo referencial con el título de la placa y el “Atravieso el techo así, y me volvió a mí” del track 03.

Así podría definirse este tercer trabajo de Imperio Maltés (tras su demo homónimo de 2004 y Rebaño de corderos, de 2005): letras cargadas de simbología sobre segmentos musicales que se suceden con liviandad y gracia, sin ser livianos ni una tomada de pelo. Porque en definitiva se trata de un disco responsable y serio que aporta más novedad desde la escritura que desde la interpretación.

MySpace: http://www.myspace.com/imperiomaltes
Sitio: http://www.imperiomaltes.com.ar

http://agencianan.blogspot.com/2009/03/discos-atravesando-imperio-maltes-2008.html

Mañana de carnaval (*)

Recorrimos la fiesta más grande del país y en plena resaca, nuestro cronista develó el sufrimiento de los fumones. El reclamo por las papeleras dejó al pueblo sin sedas.

Por Luis Paz. Revista THC, marzo de 2009.- Frente al boliche Bikini, un él y cuatro ellas le dan mecha a la noche de sábado durante una fiesta en la playa, ya terminada la jornada en el Corsódromo. Un ajeno se acerca, ve que falta para el filtro y pide la tuca como souvenir. Cuenta que trajo una piedra del tamaño de una caja grande de Tres Patitos desde Rosario, pero quedó retenida en el ingreso a Gualeguaychú. Está manija, quiere y no consigue, porque pocos fuman en la ciudad de la comparsa, los vasos de litro, los paradores y los negocios revividos dos meses al año. "Hay mentalidad de provincia, de pueblo chico", le explicaron a THC más temprano, en Playa Bonita, aunque este recuerdo se corta cuando se oye la conversación del manija y sus amigos:

-Miralo al flaquito, se trajo a las pibas a fumar acá, a la orilla, con miedo.
-Sí, estas pibas nunca fumaron porro en su vida.

Los presuntos experimentados ven como un agravio que los novatos tengan lo que desean. El comentario se siente y resiente en el círculo de los damnificados. Unos labios gesticulan un "ya fue" y un par de dedos ofrecen la tuca. Así es un fin de semana de verano en Gualeguaychú: paz y amor, con abundancia de reggae y no tanto humo sobre el agua.

Un buen viaje (para la próxima)

Para no quedarse manija, lo primero es buscar una forma segura de transportar lo que cada quien incluya en su dieta. La caminera rara vez tiene perros, los controles en ruta son de papeles, y basta con que la creatividad del viajante abreve en un escondite efectivo. Se escucharon algunos insólitos, pero no estaría bien revelarlos. A la hora de armar el bolso, no se debe olvidar el colirio, un par de gafas y varios sobres de antiácido: serán tan necesarios como el protector y la maya.

Pero lo único fundamental son los lillos, porque no se venden en los kioscos del barrio y en los de la playa rara vez tienen algo mejor que Ombú. De ropa, mejor telas livianas de cortes amplios porque el calor durante el día arrolla y a la noche el reggaetón y los vapores etílicos son azotes de fuego y azufre.

Los libros quedan en la biblioteca porque allí no se lee. Y si la idea es llevar esa media botella de ron que sobró de un cumpleaños, mejor descartarla: en la zona del centro hay un hipermercado, tres mercaditos y ocho cuadras de negocios de todo tipo, con precios razonables para una ciudad turística.

Visiones del campo

El viaje con destino carnavalero debe necesariamente ser orgiástico, y no en un sentido sexual sino vivencialmente solidario. Además, cuánto más cabezas repartan los tickets del mercado más barato será el viaje.

Si la escapada es por el fin de semana, los montes vírgenes al costado de la ruta en la zona del Paraná de las Palmas, que en un viaje más extenso aparecerían como escenarios magníficos para estar simpáticamente endemoniado, son simplemente scrums de árboles al costado del camino.

Hasta los que imaginaron un trip enmarcado dentro de otro coinciden con que sería un error colgarse 12 horas cuando no van a estar más de 50. El viaje en coche o en micro no dura más que el efecto del éxtasis. Pero las risas con amigos, los toqueteos con la pareja propia (o ajena, por qué no), y los muffins de las estaciones de servicio tienen gran poder narcótico durante el viaje.

Gualeguaychú on speed

Desde el coche, Gualeguaychú se ve anfetamínica: ventanillas bajas, stereos compitiendo por la supremacía en el camino, conductores con el culo en el piso del coche, codos fuera y gafas a tono. Reggae, reggaetón, cumbia, dub y punchi. Ni una remera de Bulldog desteñida, ni un flogger. Tampoco se ven locutorios pero de las veredas surgen los Patybajones. Y por obra y gracia del Rey Momo, hasta brota una flor de un charco de vómito de vino. El infierno está encantador.

Uno recorre la playa buscando alguien que haya prendido antes, para no ser quien manche a ese paraíso que, aunque parezca virginal, está siendo desflorado por chimeneas de humo y desagües tóxicos, como gritan los calcos desde cada parabrisa local. Pero nadie fuma aún, al menos allí. Y parece insólito cuando es imposible no acordarse de la frase que le valió un juicio al rockero manos de tijera de la tapa anterior de THC: "Qué linda tarde".

24 hours party people

Después de las birras en la playa y el cuelgue panóptico con la costa contraria, se vuelve al departamento, se ducha, se arma un troncho colectivo y se cocina una cena rápida. Cuando las botellas de plástico fueron cortadas por la mitad, se sabe, ha empezado Gualeguaychú. El viernes se desconcha y el sábado se baila. Es una ley implícita para los que vuelven el domingo. La previa puede durar hasta seis horas, pero hay que arrancar con el primer bostezo. Y entonces empieza el trip ácido.

La Costanera ya no es esa tardecita en Santa Clara, ese paseo por Plaza Serrano en enero. Parece el San Juan de Puerto Rico de Días de Ron, pero sin saqueos. Las botellas quedan en los bares al paso, pero los vasos de plástico alfombran las veredas. Hay algunas máscaras, muchas pelucas, ningún pomo de carnaval.

Los autos no pueden pasar por Costanera. Miles de pibes y pibas de todo el país (y más allá) replican el corte que otros miles realizan a kilómetros de allí. Pero estos son asambleístas de la joda, en pares conceptuales: champagne con minita, fernet con cuarteto, vodka con naranja. ¿Y la María dónde está?

Flashes(back)

Las horas de sueño típicas (admitidas) son cuatro. El Corsódromo queda a quince cuadras del boliche Bikini, que es más el punto de referencia que el de visita, al menos para los dos mil que quedaron fuera la primera noche. Andar esas quince cuadras durante la mañana (en el Corsódromo acreditan hasta las 12) es desalentador: los ácidos estomacales burbujean sobre baldosas ardientes. Pero ni un filtro. Ni una tuca. Ni una Smoking abandonada. Aún no hay nota.

Hasta que, como si fuera la isla de Lost, Gualeguaychú te sorprende en cualquier momento. Por ejemplo, a las 11 del sábado, con un sol que lastima la piel. El único loco suelto, hasta ahora, está sentado en los ladrillos que hacen de burlete de su puerta. Pica su piedrita, se alerta sobre el espectador y sube la mirada, asustada y violenta. Queda en el anonimato porque el instinto de conservación le gana al periodístico. A lo lejos se ve el Corsódromo.

Carnaval toda la vida

En las tribunas del Carnaval, con Luisana y Darío Lopilato de invitados, esa noche habrá más olor a colonia que a mota. Pero en Entre Ríos hay redención y la segunda señal divina llega de la mano de un cuerpo tropical de pollera blanca. La promotora entrega flyers que anuncian a Dancing Mood esa tarde en el parador Playa Bonita. Las morenas siempre te dejan contento. Habrá nota.

El agua del río es lo más frío de Gualeguaychú. Y está tibia. Un solo tipo parece lo suficientemente abstraído. Se llama Fito, es el instructor de la caminata sobre el elástico (obviamente suspendido a un metro del suelo). Se ríe al oír el nombre de la revista. Llama a su coequiper: "Esto es para la THC". Otro más escucha y para la oreja: "Buena revista, loco, la compramos a veces", arroja.

Resulta que Fito puso en stand by su vida en Gualeguaychú cuando terminó la secundaria, pero volvió hace siete años. Explica que, en cierta forma, su laburo en Playa Bonita es un cauce para su cuelgue. Tiene el lugar (la playa), el sonido (Dancing Mood) y la planta correcta. Hace una pasada por el elástico. Se exige y repite, entrecerrando los ojos, y explica que, en ese instante, está conectándose al mundo. Está como crucificado sobre el elástico con las piernas en reverencia. Qué tipo copado, Fito.

Volviendo a la arena con la cabeza volteada hacia la atlética madurez de la rubia que prueba suerte, los guiños aparecen cuando uno está al asecho de complicidad. "¿Estaba rico eso, ¿no?" El del comentario es Juan, que invita a THC a pasar un rato con sus amigos. El de la guitarra está dale y dale con "Clandestino". Entre volutas y con huecos, reconstruyen la noche anterior: "Escabio, chicas, fasito". Al Carnaval ya no van, son sus séptimas vacaciones en Gualeguaychú y no le encuentran sorpresa.

Las chicas no pitan. Los que fuman, fuman y escabian. Los que escabian, sólo escabian. Y los que toman agua, ya saben. Pero no hay revelaciones chamánicas y, aunque el Fernet salga a toda hora, no parece haber mucha rigidez por fuera de los músculos trabados en el parador. Algunos cuerpos parecen biónicos.

Juan y Charly están con amigos y tienen algo tan rico entre manos que apenas notan la presencia ajena. "Capaz el más fumador soy yo, que fumo uno por día, tranquilo en casa", dice Juan. Charly, que bien podría apellidarse Marley, es fumador social, igual que otro cuyo nombre quedó olvidado en un sorbo de tinto caliente. Después de ver a la banda de Hugo Lobo, que estimula baile y fumo, se vuelve al río un rato, se baila otro tanto y se repite la retirada, haciéndole fondo blanco al sol que queda.

La previa del Carnaval, picada incluida, es el momento del carioca. Y es cuando uno se da cuenta de si llevo mucha o poca. Pero es también el momento crítico, cuando el Carnaval no parece, en verdad, tan prometedor. Jugar a Paul Kemp, intentar encontrar una Chenault desojando su ropa en plena fiesta en la playa, tira más. Pero ni lo uno ni lo otro. El Carnaval es el esperado desfile lisérgico, y aunque no hay bicicletas en el Corsódromo, puede cumplir muy bien. Y no hay Chenault a la vuelva a la playa.

El comienzo de la abstinencia

El domingo es la última expresión superyoica antes de que el ello semanal ataque. La atención en las casas de familia es excelente y, en ese contexto, ¿por qué no regarle las plantas? Viene una frase a la punta de la lengua. Sí, sí, ésa misma de nuevo: "Qué linda mañana". Se desayunan tucas.

Con otro par de horas de sueño y la tercera ducha del viaje, hay que salir para el parador temprano. Solar del Este es el place to go histórico. Ese domingo hay cinco mil desperdigados en el comedor, en las canchas de voley, sobre la arena, bajo los árboles, dentro del río y fuera de sus cuerpos. Las rondas de mate documentan una resaca que no se va. Se prueba con actividad física para compensar. Jodida migraña.

Manguear papel es tarea difícil: un buen scout puede lograr, con suerte, un par de hojitas arrugadas. De cualquier forma, la recorrida sirve de anecdotario: los viajeros admiten que hubo pocas conquistas y que son, sobre todo, femeninas. La mayoría vuelve con un teléfono y una promesa de reencuentro. Hay poco amor casual y las chicas se las pasan recategorizando a sus amigos como novios, ante los colmillos que aparecen chorreando vino espumante. Entre alardes y puchos, la tarde se corona con un bombón helado, señal inequívoca del bajón.

Sobre el escenario, la negra aparece en escena y está muy buena. Las pibas reclaman al negro Pedro en al agua, todas contra uno. En un arenero del tamaño de una cancha de papi, los celebrantes se dividen por género, con una invitación estúpida para que "los que no están seguros" se pongan en el medio. Llueve sobre ellos lluvia de duchadores. El negro y la negra bailan. Dos chicas se besan.

Aparece el estigma barilochense. ¿Cuánto de cierto y cuánto de mito en todo eso? Tanto reggae sin ganja, tantos escotes anabólicos y bultos de esteroides, tanto pulso tropical en cuerpos caucásicos. Es difícil saberlo. Es como si lo que pasara en Gualeguaychú se quedará ahí, en esos montes de Venus vegetales.

Sólo se consigue algo más de información en la despedida del río, al ver tantos decesos: cajetillas arrugadas, botellas apoyadas en sauces, un poco de sangre de Cristo derramada en la arena y, finalmente, como un guiño de la Pachamama, una cajita de lillos que parece vacía semienterrada camino a los baños.

Ya se siente el viento fresco de la tarde noche. Qué linda tarde noche.

Crónica de viaje publicada en la edición de marzo de la revista THC (
http://www.revistathc.com)

“Como el arte, el videojuego sigue un camino evolutivo” (*)

Pasaron apenas treinta y seis años desde la irrupción del Pong, pero el salto se multiplica al infinito: los especialistas de la muestra analizan pasado, presente y sobre todo el futuro de una actividad que es industria y disciplina artística a la vez.

“No sé cómo entender
la libre competencia y el mercado laboral.
El fracaso de los otros es un triunfo tuyo.
Pero hay algo que yo sé muy bien: saltás con el A y disparás con el B”
(107 Faunos - John Henry)

Por Luis Paz. Cultura & Espectáculos – Página/12, 20 de marzo de 2009.- En el principio, todo fue oscuridad y luz dentro de un universo monocromático. Un fondo negro dividido simétricamente por una línea punteada gris en sentido vertical. Dos rectángulos apenas voluminosos en paralelo, uno a cada lado de la frontera, de blancura igualmente rancia. Y entre medio, una circunferencia pixelada, la presunta pelota del tenis para Atari que fue el Big Bang de los videojuegos: el Pong, texto fundacional del estado del arte de esta disciplina, publicado en noviembre de 1972. Llamar a este arcade “texto fundacional del estado del arte de los videojuegos” es tendencioso, claro, cuando el debate en torno del estatuto artístico de estas creaciones está en estado de parto. Pero la sentencia puede ser tomada como punto de partida para una discusión que tiene origen en la naturaleza del camino evolutivo que, en poco menos de cuarenta años, llevó la posibilidad de controlar información binaria dentro de una consola desde el Pong a quimeras actuales como Spore; del control unidireccional en el eje X a la omnidireccionalidad del combo de teclado y mouse; de la austeridad gráfica a los universos tridimensionales de Fallout 3. Aquello que para ser producido precisaba entonces simplemente de una codificación gráfica y el trazado de funciones de movimiento según el ángulo del golpe a la bola incluye hoy en su confección a un equipo técnico y artístico digno de un staff de Hollywood: actores, técnicos, fotógrafos, escenógrafos, vestuaristas, sonidistas, programadores, diseñadores, productores y hasta directores. Algunos resultantes son gráficamente exquisitos. ¿Pero es eso suficiente?

Según los desarrolladores que hasta el sábado 4 de abril conferenciarán en la galería Objeto A (Niceto Vega 5181), concluir que actualmente estos productos de consumo cultural son Arte es necesario. Lo dificultoso es encontrar los argumentos. “Es que, en realidad, si pensamos en una definición universal de lo que es el Arte, no existe tal cosa”, se pone a reparo Tomás Oulton, organizador de Game On!, primera muestra en Argentina de arte en videojuegos y creador junto a su esposa y su hija del espacio de arte y tecnología de Palermo donde se lleva a cabo el encuentro. Durante dieciocho días y con entrada libre y gratuita con reserva previa, Objeto A albergará charlas sobre el diseño conceptual para personajes de videojuegos, la creación institucional, el sonido y la musicalización de juegos electrónicos, las empresas desarrolladoras, concept art, la virtualidad y la realidad, juegos online y para celulares, arte y comunicación. Además, los sábados habrá performances a cargo de desarrolladores locales y mundiales.

Explica Oulton que, durante el tiempo que trabajó en Microsoft, siempre se sintió atraído por la evolución en el mercado global de los videojuegos. “Quise llevar eso a una galería de arte, ver cómo convivía en un ecosistema artístico. Empecé con un par de contactos y realmente estoy sorprendido de haber logrado llegar a artistas tan buenos. Porque lo que hacen, creo yo, es definitivamente Arte.” Para darle la razón o rebatirlo habrá que esperar un poco. Primero es necesario definir de quiénes se trata: como representantes locales, los estudios Games & Web y Three Melons, la compañía Gameloft, NGD Studios, GlobalFun Argentina, MP Advanced y el desarrollador independiente Daniel Benmergui; como visitantes, el estudio checo Amanita Design, el belga Tale of Tales, el desarrollador de juegos políticos uruguayo Gonzalo Frasca, el australiano Van Sowerwine y la californiana That Game Company.

Aportes para una definición

El problema de otorgar estatuto artístico a una creación es siempre el mismo. En detrimento de la obra en sí, nunca es ontológico. ¿Tiene el mingitorio de Duchamp alguna cualidad intrínseca que lo convierta en obra de arte? Para Oulton y varios de los conferenciantes, esto no es así. “La cuestión es cómo definimos qué es y qué no es arte, quién valida y cuáles son los elementos de esa validación”, puntualiza Eduardo Goyham, vicepresidente director de Synergex Argentina e histórico del ghetto de los videojuegos a partir de su larga experiencia laboral en Edusoft. El que más arriesga es Daniel Benmergui, que además integra un movimiento internacional que explora el potencial de los videojuegos como manifestación artística a partir de los concept games: “Si yo digo que la literatura no es arte, hay una forma de demostrarme lo contrario sin decirme nada: darme a leer El extranjero, de Camus”. Y así el debate comienza.

“Es indudable que los videojuegos son una forma de expresión artística”, vuelve a polemizar Christian Hagedorn, de Gameloft. En realidad, “polemizar” es un absurdo cuando los desarrolladores que se reunieron con Página/12 para replicar el debate concuerdan en que los videojuegos son arte. “Por supuesto que son arte, ése debería ser tu título”, recomienda Leonardo Falaschini, de Three Melons. ¿Y por qué?

Benmergui considera que el eje debe centrarse en la interactividad: “La variable jugador, que icónicamente podríamos resumirla en un controlador (joysticks, teclados y después), es esencial porque es la que te permite interactuar con la obra como no podés interactuar con el cine, por ejemplo”. De ese argumento se valen los detractores para señalar que un juego no puede ser una obra. Y esto tiene que ver con aquella clásica definición de arte según la cual, a grandes rasgos, una obra tiene estatuto artístico cuando tiene un valor agregado a su utilidad como objeto (la lata de Sopa Campbell’s de Warhol; el mingitorio de Duchamp, otra vez). Es decir, cuando hay resignificación como la que provoca que una cuchara vaya a la vitrina y no a la mesa. Sí, el debate es dialéctico y admite elementos semiológicos: la acción de controlar un universo ficcional con un mando a distancia como interpretante; los escenarios, la música, los personajes y el guión como representantes de este signo, el de los videojuegos. En el jugador, una semiosis ilimitada. Aunque, dicen los que saben, “las posibilidades son finitas, aunque haya trillones de combinaciones”.

“Es increíble cómo los mismos jugadores descubren cosas que para los programadores y desarrolladores no eran posibles”, califica Hagedorn. Para ninguno de ellos basta con que un escenario sea “lindo”, un personaje “rico en posibilidades” o un guión “bueno” para definir un videojuego como arte. En realidad, opinan que el Videojuego como disciplina es indefinible en su totalidad y sólo algunas experiencias caben dentro de la gran bolsa del Arte contemporáneo. “Hay un rasgo que iguala a la disciplina en general con otras: el camino evolutivo de los videojuegos”, determina Goyham. Se refiere a los cambios de paradigma visuales y lúdicos de los últimos cuarenta años.

La obra en sentido comercial

Según Walter Benjamin, las obras artísticas poseen una cualidad intrínseca, el aura, que las determina únicas e irrepetibles. El problema, u otro de los problemas, es que los videojuegos son creados para reproducirse en masa, para un consumo masivo. ¿Dónde queda el aura, entonces? “Eso se resuelve de la misma forma que en el cine: es el que interactúa el que hace de esa experiencia algo único e irrepetible”, piensa Hagedorn. Basta revisar los formatos clásicos de videojuegos: en los arcades y aventuras gráficas existe un recorrido lineal en el que tiempo y espacio se unen en un mismo eje (el avanzar niveles caminando hacia adelante del Mario Bros o hacia arriba del Megaman). En los juegos de simulación deportiva, el final dependerá de las aptitudes físicas del jugador (o sea, de la velocidad de sus pulgares). Pero principalmente es en los juegos de rol donde esta posibilidad se expande: por un lado, el jugador deja de ser omnisciente y ocurren cosas en un sitio mientras el character está en otro lado; por el otro, de la línea argumental fundamental del juego se desprenden sidequests como hipótesis ad hoc.

“La televisión, el cine y el teatro están pensados para ser experiencias reproducidas en masa, pero admiten múltiples sentidos y ahí es donde la validación se da por parte del que interactúa con la obra de arte y no por los académicos de las suntuosas escuelas”, pone en relación Oulton una vez más. Y reaparece un elemento que pareció perderse en el debate: los videojuegos como mercancía en expansión.

Pulpo Hereñú (MP Advanced), Mauricio Morea (Games & Web) y Marina Romanismo (Three Melons) coinciden en que la potencialidad de los webgames y juegos para telefonía celular es “enorme”. Principalmente, se trata de producciones de tipo institucionales o publicitarias con dificultades propias: “¿Cómo desarrollás un guión para un juego de celular donde tenés 150 o 180 caracteres por pantalla?”, se pregunta Hugo Simkin, desarrollador de juegos para teléfonos. Por otro lado, ¿cómo se capta a un público tan volátil como los internautas, que si bien reproducen ciertas pautas de conducta tienen un comportamiento azaroso a través de las múltiples opciones de la web? La respuesta, en ambos casos, retoma el debate: ésa es la función del artista de videojuegos, se la llame seducir, emocionar, educar o entretener.

Interdisciplinariedad

Este concepto digno de concurso de gramática muchas veces es esgrimido como fútil argumento a la hora de comparar objetos y obras de uno y otro lado de la frontera borrosa entre el Arte y el No Arte, en esos momentos en los que cualquiera juega a ser Parménides y desarrollar tratados ontológicos. “Un buen juego, como Max Payne, fue llevado al cine de una forma no tan buena”, arroja como al pasar el creador de God of Weather, una de las primeras expresiones de bioarte en videojuegos para Proyecto Untitled, un colectivo creativo conformado por un grupo de directores, docentes y alumnos de la Escuela de Comunicación Multimedial de la Universidad Maimónides. Como contrapartida aparecen los juegos de arcade inspirados en los superhéroes de Marvel. Algunos juegos llegan al libro, algunos libros llegan a las consolas, y así el ecosistema se expande y posee múltiples textos con sentidos sociales, entendidos desde Eliseo Verón, con sus condiciones de producción y reconocimiento.

Y allí, al fin de cuentas, es donde radica el gran interrogante que en las próximas semanas se intentará abarcar desde Objeto A: es indudable que los videojuegos son “paquetes de materias sensibles investidas de sentido”, que son productos y fragmentos de semiosis y que admiten sus propias “gramáticas de producción y reconocimiento”.

Aquel “por supuesto que sí” lanzado al principio cobra más fuerza al finalizar la charla. Pero aún no quedan claros los argumentos. Como resumen quienes llevan adelante Game On! en su gacetilla: “La pregunta ha sido lanzada, ¿será alguna vez respondida y consensuada?”. Y mientras los especialistas buscan determinar el enigma, jugadores de todo el mundo y todas las edades buscan pasar de nivel en su nuevo juego.

* La muestra Game On! podrá visitarse en Niceto Vega 5181 hasta el sábado 4 de abril, con entrada libre y gratuita. La serie de conferencias es con inscripción previa al 4773-0292.

Apuntes sobre el aporte estatal

Enrique Avogadro es titular del Centro Metropolitano de Diseño, donde funciona Industrias Creativas, que incluye una oficina encargada de fomentar los videojuegos.

–Si los videojuegos están considerados dentro de Industrias Creativas, ¿significa que a nivel gubernamental se los entiende como una disciplina artística?
–Hay una discusión en torno de qué constituyen las industrias creativas y qué las artísticas. Creativas son todas aquellas cuyo insumo principal es el talento o que están relacionadas con él: la industria audiovisual, el soft y el hard de las tecnologías de la información y la comunicación. Es un sector estratégico, chico, pero con gran potencial.

–¿Cuáles son las condiciones actuales en la producción local de videojuegos?
–Está claro que empiezan a ser cada vez más mainstream, porque la industria del entretenimiento empieza a cruzarse con Internet, videojuegos, celulares y música. Es muy competitiva y fuera del país reconocen la actividad y el talento de nuestros recursos humanos, aunque aún es muy complicado competir contra los grandes tanques.

–¿Cómo se apoya, desde el Estado, ese crecimiento?
–Nos interesa que crezcan para dar más empleo, pero también como eslabones de una cadena más grande donde ganarán los países y regiones con más emprendedores. Lo que intentamos es fomentar los nichos, como juegos para telefonía celular e Internet. En comercio exterior buscamos conectarlos con empresas del exterior y, por otro lado, con la feria local (EVA) buscamos tener un evento regional de importancia. Empezando a consolidar una pata académica, hicimos una reunión con universidades y centros de estudio. Diseñamos acciones de capacitación para generar un aprendizaje y, lo último, estamos intentando incorporar videojuegos a campañas de promoción oficiales.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/2-13237-2009-03-20.html

Bloggeros al ataque (*)

Artículo de Andrés Valenzuela para el periódico Acción, segunda quincena de marzo de 2009.- “Cualquier pelotudo tiene un blog”, aseguró hace un tiempo José Pablo Feinmann. Lo dijo con suficiencia, desmereciendo un nuevo fenómeno social y cultural. Contra las quejas frecuentes que aseguran que las nuevas generaciones no leen ni escriben, se multiplican los blogs de jóvenes de 20 y 30 que, para desmentir los reclamos, sí leen y escriben, pero en las nuevas plataformas digitales. Igual que los periodistas tradicionales, estos “bloggers” traen al público información.

Como en el periodismo, hay buenos comunicadores, torpes profesionales y hasta personalidades éticamente cuestionables. Pero la frase de Feinmann señala involuntariamente otra cara del fenómeno: la puja de los blogs por hacerse un espacio en la esfera pública, en la información y en el entretenimiento.

Acción consultó al respecto a Leandro Zanoni, de la bitácora Eblog (http://eblog.com.ar/, sobre nuevas tecnologías), periodista y autor del libro El Imperio Digital. Su colega Luis Paz, de Agencia NAN (
http://agencianan.blogspot.com, sobre arte independiente), también reflexionó sobre los alcances de la información en la era de las redes sociales y la Web 2.0.

Comparando la situación online de nuestro país con la de Estados Unidos (la nación más conectada a Internet), lo primero que se evidencia es un retraso. Allí los bloggers hasta tienen la Media Bloggers Association, una suerte de gremio o sindicato que les ofrece cobertura médica y social, planes de estudios, becas de formación y otros servicios.

En Argentina no existe nada similar, apenas algo remotamente parecido, cuenta Paz. “Está el Sindicato de Bloggers Anónimos, pero es una experiencia muy micro, funcionan más como un grupo que se junta a comer y organiza reuniones para verse. Los blogs periodísticos en nuestro país son muy incipientes como para armar algo similar a la MBA”, describe.

En Argentina resta un largo trecho por recorrer. Todavía falta entender a los blogs en su papel de medios de comunicación. Para Zanoni están cada día más reconocidos: “Una buena prueba de eso es que cada vez más blogs luego se convierten en libros, o potenciales series de televisión. Y son más los periodistas, empresas y hasta políticos que usan las herramientas 2.0 para comunicarse”.

Paz, en cambio, es algo escéptico al respecto. Para él los usuarios sí los reconocen, sobre todo en el área del entretenimiento, pero el periodismo aún no. “Hay un debate en el periodismo sobre si un blog es tal, pero en la discusión sólo se tiene en cuenta el soporte y no el tratamiento de la información”, explica.

Zanoni concede: “Los medios sólo se limitan a chupar información que pulula por la Web, pero a veces ni citan la fuente original. Muchos periodistas consultan blogs que saben más que ellos sobre un tema particular, pero los medios a niveles corporativos todavía no los adoptan con la confianza y el profesionalismo necesarios”.

Las que sí entendieron el potencial de los blogs como líderes y formadores de opinión son las agencias de marketing. Así, no es raro encontrar webs en las que haya concursos o comentarios de material recién salido a la calle, pero acercado por los departamentos de publicidad de distintas empresas.

Con las demás fuentes, acceder a la información puede implicar dificultades para el blogger que quiera hacer algo más que sólo copiar y pegar gacetillas. Paz cuenta que a NAN le tomó un tiempo hacerse un espacio en el circuito. “Nos llevó casi dos años y medio de laburo, al principio escribías a un sello pidiéndole discos y no te respondían, o no tenían disponibilidad, o apenas te pasaban un par de temas por mail. Pedías acreditación y se complicaba. Hoy, que ya estamos visibilizados, los prenseros ya saben quiénes somos aunque los llamemos por primera vez. Eso tiene que ver con un aval de laburo serio y sostenido en el tiempo”.

Paz y Zanoni, cada uno por su lado, conocen bien el circuito periodístico. El primero es colaborador del suplemento No de Página/12, mientras que el último es columnista en Newsweek, colaboró en la dominical Viva de Clarín, y en otras revistas. También dictó materias relacionadas con el tema en las universidades de Belgrano y Palermo, además de ser editor en Ciudad Internet.

¿Es posible hacer una profesión del blog? Hoy, cualquiera que abre una bitácora en el ciberespacio sueña con el éxito, la fama virtual y el dinero concreto. Zanoni asegura que “depende de cuánto necesites para vivir, pero conozco casos de gente que junta una buena cifra. Varios de los blogs más visitados reciben pauta publicitaria de empresas”.

Para Paz la diferencia está en el material que se difunde. “Si sos muy críptico, escribís sólo de experiencias personales con mensajes a tus amigos, todo queda en ese círculo. Pero hay blogs que, aún siendo personales, tratan temas tan universales que atraen a la gente”, describe. “En lo periodístico, si salís a competir comercialmente, tenés que buscar el nicho. Si alguien tarda lo mismo en tipear Clarín que tu web, con las mismas noticias, seguro va a Clarín. Pero si te especializás, aparece un buen momento comercial”, ejemplifica.

Por eso, Paz apunta al momento actual del periodismo como un acicate en la aparición de blogs informativos. “En la coyuntura actual, quienes aspiran a ser periodistas no tienen espacio para hacer prácticas, no llegan a los medios tradicionales, así que tenían que surgir espacios más comunitarios o individuales para mostrar el trabajo”, reflexiona.

En la jerga, obtener dinero de un sitio web es “monetizar”. Zanoni vive (entre otros trabajos) de Eblog. En cambio, Paz no busca el dinero con Agencia NAN. Además, integra un equipo de trabajo amplio. “Si tuviéramos que vivir de esto, para obtener los mismos ingresos el blog debería juntar 15.000 pesos, y eso implica un nivel de laburo muy superior al que ya le ponemos”, comenta.

Ya establecido como referente en la Web, Zanoni remata: “No gano tanto dinero como se cree, pero sí mucho más del que ganaría si fuese empleado de un diario. Y además me divierto más y manejo mis tiempos”.

Pequeño gigante (*)

Con un Radio Bemba cuya columna vertebral aquilata 25 años de trabajo conjunto, Manu posee el sostén ideal para darle curso a la fiesta, fusionando su presente y el pasado de Mano Negra.

[10] MANU CHAO & RADIO BEMBA
Presentación de La Radiolina.
Músicos: Manu Chao (voces y guitarra), Madjid “Magic” Fahem (guitarra), Gambeat (bajo), Philippe “Garbancito” Teboul (percusión), David Bourguignon (batería), Angelo Mancini (trompeta), Julio Lobos (teclados).
Público: 30.000 personas.
Duración: 165 minutos.
Jueves 5, Club Ciudad de Buenos Aires.

Por Luis Paz. Cultura & Espectáculos – Página/12, 7 de marzo de 2009.- El recital que Manu Chao & Radio Bemba dieron el jueves en el Club Ciudad de Buenos Aires duró el mismo tiempo que lleva ver El Padrino. Y eso no es habitual para un concierto en Argentina, en Latinoamérica ni en el mundo, en verdad. Para fijar mejor la idea: en lo que duró el show que el combo vasco-francés (con su toque hispano-latino en los vientos y las teclas) ofreció frente a treinta mil personas, 17 vuelos llegaron al cercano Aeroparque, provenientes de Salta, Córdoba, Mendoza, Chubut, Neuquén, Chaco, Tucumán, Mar del Plata y Bahía Blanca. Sí, 165 minutos es mucho tiempo, ¿pero qué pasa cuando la columna vertebral de la banda –Garbancito, Gambeat y Manu– comparte escenarios hace 25 años, cuando el grupo tiene a un violero retacón que le imprime flamenco punk a todo lo que toca, y a ese conjunto lo dirige un tipo con el timing de Manu Chao? Pasa que el tiempo no es un problema y Radio Bemba termina brindando un recital sin desajustes, con todos los elementos como para ser un gran show, tan recordable como los “oficiales” que suele dar en las pampas cada cuatro años.

El cronómetro empezó a contar en 21.35 y se cortó en 0.20. En medio, un público sin restricciones –familias felices con el hijo recién nacido, un muchacho en silla de ruedas que le da mecha al recital antes que nadie, chicas de vestidos y tacos y chicos de rastas y tatuajes– toma imágenes mentales de Manu Chao rehaciendo casi toda su discografía post Mano Negra, que termina incluyendo en Clandestino a aquel grupo que entre 1987 y 1993 buscó su recoveco en la cuna de la contracultura occidental y redactó un manual de estilo para el alterlatinismo y esa contracultura urbana local un poco rasta, un poco okupa, un poco peronista y bastante propensa a las artesanías.

Clandestino, Próxima Estación: Esperanza y La Radiolina son revisados juntos, separados y batidos sobre el mismo escenario por el que un rato antes pasaron Los Umbanda y Aztecas Tupro. Del Manu Chao solista –aunque ésta sea una etapa confusa desde que Radio Bemba tomó entidad musical per se–, sólo quedó afuera Sibérie M’etait Contée (2004), el registro musical del Manu intimista. El show fue, por otra parte, la presentación de su álbum más reciente, La Radiolina, editado a mitad de camino entre aquel recital suprahormonal de casi cuatro horas en All Boys en noviembre de 2005 y este show en el Club Ciudad.

Como aquella vez, La Colifata estuvo presente. Primero en la voz del mismo artista colifato que los presentó en All Boys, presunto “loco” que con el tono vocal aleccionador de Flavio Pedemonti provocó muchos planteos contra el concepto occidental y moderno de la sanidad mental: “El mundo está manicomializado y lo tenemos que desmanicomializar. El Manucolifatismo no va a hacer ninguna revolución, ¡es la revolución!”.

“No olvidemos que hace no mucho tiempo, a menos de un kilómetro se torturaba gente”, recitó Manu, en su primera intervención más allá de los saludos, con la mirada perdida en dirección al Espacio Cultural Nuestros Hijos (ex ESMA). Ya habían sonado la habitual introducción que cruza “El hoyo”, “Machine gun” y “Sr. Matanza”, luego “Peligro”; y “Casa Babylon” y “Mamá perfecta” en medley. En “Mr. Bobby”, los que calcularon mal empezaron a pedir sedas entre los cercanos. Y los siete músicos y el aforo empezaron a comulgar por obra y gracia de los “uoio, uoioioioio” de “El hoyo”, que se inmiscuyeron en todas partes.

Con “La primavera” y “Me gustas tú” se aflojaron las cinturas, hasta entonces duras para resistir embates en el pogo tremendo que arma Radio Bemba en cada visita a Argentina (esta vez, tocaron en Mendoza y Rosario; y repiten hoy y mañana en el Luna Park). El segundo momento colifato fue para el Maestro Beatnik: el “George Walker Bush, asesino de conciencias, devolvenos la primavera”, en español y un inglés que haría parecer improvisados a varios presentadores de noticias, se hizo eco en 30 mil voces y tomó fuerza de las 30 mil ausentes, dejando la redonda bajo el pie de Manu, que clavó un “Politik kills” al ángulo.

Después, con profesionalismo y un timing admirable para no sólo medirse a sí mismo, sino también a su banda y al público, que ocupó desde las vallas hasta los baños del lateral opuesto al escenario, Manu Chao frenó la pelota en el medio con su habitual crossover entre “Bienvenido a Tijuana” y “Welcome to Tijuana” –en rigor, dos temas distintos– y besó el anillo después de un segundo gol: el recitado de “Me cago en el amor”, de Tonino Carotone, con saludo para el italiano.

No en vano a Madjid lo llaman “Magic”. El pequeño violero de cara aniñada y canas efervescentes satisface por igual en la eléctrica para una versión de “The Monkey” con sonido Manchester o en la guitarra flamenca que le regaló su padre, con “El viento”; encripta folklores de Europa occidental, Medio Oriente, Mesoamérica, Londres y Nueva York; y es imprevisiblemente performático sobre el escenario. No en vano, tampoco, se ganó su lugar en la estima popular argentina. De hecho, su club de fans local creó para él el sitio www.madjid.com.ar.

“Clandestino” y “Desaparecido” se tocan pegados, según la discografía de Manu Chao, pero el enganchado toma sentidos especiales en vistas de la perspectiva histórica que ofrece, a pocas cuadras, la ex ESMA. “Minha galera”, tal vez la canción de amor más linda que haya escrito, cala hondo en las parejas. Los solteros tienen su contrafestejo y se deshacen del exceso de testosterona en “Rumba de Barcelona”. No es la primera rumba y ya sonó bastante reggae, ska, flamenco, hardcore, punk y trash. Y ya reclamaron Barcelona, Bagdad, Buenos Aires y Managua.

Siguen con “La despedida”, “Rainin’ in Paradize”, “La vacaloca”, “Hamburguer fields” y “Merry blues”, en la progresión que es costumbre en su Tómbola Tour. A esta altura, Garbancito tuvo varias instancias para demostrar la posibilidad melódica de la percusión, y Gambeat (que grabó para Fermín Muguruza, Karamelo Santo y ¡Color Humano!) revalidó el espíritu hardcore de Mano Negra, aún latente en la indumentaria de la banda (salvo en Manu Chao, que parece compartir vestuarista con el Chavo del 8) y en los instrumentos que eligen para presentarse en vivo.

Para alivianar el calor de un recital frenético que fue del baile al pogo, luego al arrumaco y de ahí a la reflexión, tocan “Tristeza, maleza” (pronunciando la “sh” argentina en “y lloré y lloré y lloré”) y “Día Luna... día pena”. “Me llaman calle” es un aviso: “Se fuerza la máquina, de noche y de día”. Si la máquina es Radio Bemba, que el Gobierno saque un plan de facilidades para llevarse una de estas máquinas a casa, súper aceitada, precisa y efectiva. A las 23.15 llega el corte que anuncia los bises, pero vuelven eufóricos con “Machine gun”, se ponen melodramáticos pero son francos con su público durante “Volver, volver” y hacen su denuncia histórica mediante “El dorado”.

A partir de “Mala vida”, el show entra en un estado indescifrable donde cada canción no es más que segmento y cada segmento se mezcla aleatoriamente con otro, revelando en un megamix de veinte minutos todas las posibilidades sonoras del septeto. Garbancito, corista, toma la voz principal para la explosiva “Sidi H’bibi”. Manu vuelve al micrófono en “King Kong Five” y “Si me das a elegir”, antes de mostrar nuevamente el buen gusto de su poética romántica en “Mi vida”. Y homenajea, finalmente, a Maradona con “La vida tómbola”. No hacen “Santa Maradona”, “Sr. Matanza”, “Love & Hate” ni “Drives me crazy”, y a pesar de la ametralladora de temas algunos lamentan la ausencia de esas tremendas canciones. Los últimos diez minutos son como reproducir, rebobinar y volver a reproducir las mejores escenas del recital. Así, aparecen alternadas la comunión intensa de “El hoyo”, la liberación energética de “Bala perdida” y el esfuerzo gozoso del artista de “Me llaman calle” (del músico argentino de rumba Gato López), que Chao & Bemba tocan hasta poder domarlas, una y otra y otra vez, cada vez más y más al palo.

Son arrolladores, incendiarios y todos esos conceptos que utilizan los críticos de rock. Obligan a expandir el vocabulario para definir un show sin percances, que tuvo una entrega total por parte de músicos que, trabajando como traductores, recaudarían más que con su arte. Aunque en un momento pareció que jamás lo harían, Manu Chao & Radio Bemba salen finalmente de escena veinte minutos después de la medianoche. En el mismo momento, alguien saca El Padrino de su reproductor de DVD. El resultado es el mismo: la sensación narcótica de haber disfrutado durante 165 minutos de una singular obra de arte en movimiento y, aun así, estar dispuesto a volver a reproducirla.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/3-13073-2009-03-07.html

Discos: “Guachass” (Guachas, 2007).-

Una modelo de Suicide Girls, una productora multimedial trasher y una violera gore de cara aniñada convocaron a un batero que les saca dos cabezas y armaron en Montevideo este demoledor disco de punk de garage y killer rock, bajo el halo de Debbie Harry y Siouxie Sioux.

Por Luis Paz. Agencia NAN, 7 de marzo de 2009.‑ ¿Tres montevideanas tocando garage punk con la ayuda de un muchacho? Exactamente eso es Guachass, la banda uruguaya formada por Camila González Jettar en voces, Mariana Gascue en guitarra y coros, Florencia Arandino en bajo y Federico Molinari en batería. Pero las Guachass no caben en el rótulo de girls band, ni por sonido ni por actitud ni por temática, como demuestran en Guachass, publicado el año pasado por Oui Oui Records y producido por Sergio CH, vocalista y guitarrista de Los Natas. Su música tiene la suciedad valvular de los Stooges, la puesta en escena del punk original y la temática del hardcore, aunque esté más cercana a la acidez de Patti Smith que a la inocencia del Nekro de Fun People.

El grupo se formó a mediados de 2004, luego de las participaciones de estas muchachas punk en Tom-Boy (banda fundacional del rock uruguayo hecho por mujeres) y Estúpidos. En 2005 se recorrieron todo el under montevideano junto a Hablan por la Espalda, Motosierra y Silverados, entre otros. Un año después grabaron un EP de cuatro canciones que fue banda de sonido del largometraje Noctámbulo. Federico se unió a fines de ese año para un show con Los Álamos. Repitieron fecha rioplatense con las locales Jacqueline Trash y Satan Delears. Cruzando el charco, en 2007 fueron bien recibidas por la vieja escuela que frecuenta el Salón Pueyrredón y acabaron tocando con Los Natas en Niceto, fecha que repitieron el año pasado, antes de entrar a grabar su primer álbum.

“Motosierra --importadores uruguayos del killer rock— pero con chicas”, se definían en el principio. Y recientemente Sergio CH las rebautizó “Motörhead con chicas”. La producción de sonido del disco las acerca, al menos, en fidelidad de audio, pero de todas formas Guachass está más cerca del punk de garage que del heavy de gomería. “Blank Generation” funciona como “The Passenger” (Stooges), “White Thunder” es asesino y en “Dirty Harry” suenan a los buenos momentos de Yeah Yeah Yeahs. De hecho, en vivo, Camila es todo lo bardera que es Karen O., pero con la belleza de Debbie Harry. Camila posa y saca fotos para Suicide Girls y Florencia –bajista y virtual alumna de la escuela de Jerry Only (Misfits)-- completa el costado trasher. Y en Mariana queda el ingrediente gore que convierte a su Les Paul en un ataúd chorreando sangre. Sí, Guachass es muy clase B. Pero aún así, están más cercanas a Siouxie que a Marcelo Pocavida.

El habitual recorrido por los temas obliga a definir a “Dirty Harry”, “White Thunder” y “Blank Generation” como canciones en la línea de los himnos punks. Que en “Ruteco”, “Ferry” y “A fierce” la mezcla suena perfecta y realmente los acerca a Motörhead. Que en “La vie est trahison” recuerdan al No Doubt más hardcore. Que en “Pulpo” hay una ligerísimo juego psicodélico y en “Da Sailor” se parecen demasiado a Blondie, pero con furia lisérgica. Que a “Indiana” le toca ser el tema con los cambios de clima y que “No direction” cumple con reproducir el grito desesperado de Los subterráneos de Montevideo y Buenos Aires, porque a las Guachass también les gusta Kerouac.

Influenciados, según admiten, por los Stones, MC5, Pappo, Led Zeppelin, Henry Miller y Gilda, Guachass presenta en su debut un enorme aporte, pero realizado íntegramente en inglés, por una decisión estética. Ahora, como se vio en su show del 7 de febrero (otra vez en Niceto, otra vez con Natas), están componiendo en español y eso abre el juego a mucho escucha rioplatense. Su brújula musical sigue clavada en los antros mohosos de Nueva York y, aún así, le encuentran palabras a los sentimientos adolescentes del Río de la Plata.

MySpace:
http://www.myspace.com/guachass
Fotolog:
http://www.fotolog.com/guachass

http://agencianan.blogspot.com/2009/03/discos-guachass-guachas-2007.html

Haiku VIII.-

Veinticinco mujeres, cincuenta tetas.
Según el remisero barbudo
"no hay cuenta más perfecta".