Recorrimos la fiesta más grande del país y en plena resaca, nuestro cronista develó el sufrimiento de los fumones. El reclamo por las papeleras dejó al pueblo sin sedas.
Por Luis Paz. Revista THC, marzo de 2009.- Frente al boliche Bikini, un él y cuatro ellas le dan mecha a la noche de sábado durante una fiesta en la playa, ya terminada la jornada en el Corsódromo. Un ajeno se acerca, ve que falta para el filtro y pide la tuca como souvenir. Cuenta que trajo una piedra del tamaño de una caja grande de Tres Patitos desde Rosario, pero quedó retenida en el ingreso a Gualeguaychú. Está manija, quiere y no consigue, porque pocos fuman en la ciudad de la comparsa, los vasos de litro, los paradores y los negocios revividos dos meses al año. "Hay mentalidad de provincia, de pueblo chico", le explicaron a THC más temprano, en Playa Bonita, aunque este recuerdo se corta cuando se oye la conversación del manija y sus amigos:
-Miralo al flaquito, se trajo a las pibas a fumar acá, a la orilla, con miedo.
-Sí, estas pibas nunca fumaron porro en su vida.
Los presuntos experimentados ven como un agravio que los novatos tengan lo que desean. El comentario se siente y resiente en el círculo de los damnificados. Unos labios gesticulan un "ya fue" y un par de dedos ofrecen la tuca. Así es un fin de semana de verano en Gualeguaychú: paz y amor, con abundancia de reggae y no tanto humo sobre el agua.
Un buen viaje (para la próxima)
Para no quedarse manija, lo primero es buscar una forma segura de transportar lo que cada quien incluya en su dieta. La caminera rara vez tiene perros, los controles en ruta son de papeles, y basta con que la creatividad del viajante abreve en un escondite efectivo. Se escucharon algunos insólitos, pero no estaría bien revelarlos. A la hora de armar el bolso, no se debe olvidar el colirio, un par de gafas y varios sobres de antiácido: serán tan necesarios como el protector y la maya.
Pero lo único fundamental son los lillos, porque no se venden en los kioscos del barrio y en los de la playa rara vez tienen algo mejor que Ombú. De ropa, mejor telas livianas de cortes amplios porque el calor durante el día arrolla y a la noche el reggaetón y los vapores etílicos son azotes de fuego y azufre.
Los libros quedan en la biblioteca porque allí no se lee. Y si la idea es llevar esa media botella de ron que sobró de un cumpleaños, mejor descartarla: en la zona del centro hay un hipermercado, tres mercaditos y ocho cuadras de negocios de todo tipo, con precios razonables para una ciudad turística.
Visiones del campo
El viaje con destino carnavalero debe necesariamente ser orgiástico, y no en un sentido sexual sino vivencialmente solidario. Además, cuánto más cabezas repartan los tickets del mercado más barato será el viaje.
Si la escapada es por el fin de semana, los montes vírgenes al costado de la ruta en la zona del Paraná de las Palmas, que en un viaje más extenso aparecerían como escenarios magníficos para estar simpáticamente endemoniado, son simplemente scrums de árboles al costado del camino.
Hasta los que imaginaron un trip enmarcado dentro de otro coinciden con que sería un error colgarse 12 horas cuando no van a estar más de 50. El viaje en coche o en micro no dura más que el efecto del éxtasis. Pero las risas con amigos, los toqueteos con la pareja propia (o ajena, por qué no), y los muffins de las estaciones de servicio tienen gran poder narcótico durante el viaje.
Gualeguaychú on speed
Desde el coche, Gualeguaychú se ve anfetamínica: ventanillas bajas, stereos compitiendo por la supremacía en el camino, conductores con el culo en el piso del coche, codos fuera y gafas a tono. Reggae, reggaetón, cumbia, dub y punchi. Ni una remera de Bulldog desteñida, ni un flogger. Tampoco se ven locutorios pero de las veredas surgen los Patybajones. Y por obra y gracia del Rey Momo, hasta brota una flor de un charco de vómito de vino. El infierno está encantador.
Uno recorre la playa buscando alguien que haya prendido antes, para no ser quien manche a ese paraíso que, aunque parezca virginal, está siendo desflorado por chimeneas de humo y desagües tóxicos, como gritan los calcos desde cada parabrisa local. Pero nadie fuma aún, al menos allí. Y parece insólito cuando es imposible no acordarse de la frase que le valió un juicio al rockero manos de tijera de la tapa anterior de THC: "Qué linda tarde".
24 hours party people
Después de las birras en la playa y el cuelgue panóptico con la costa contraria, se vuelve al departamento, se ducha, se arma un troncho colectivo y se cocina una cena rápida. Cuando las botellas de plástico fueron cortadas por la mitad, se sabe, ha empezado Gualeguaychú. El viernes se desconcha y el sábado se baila. Es una ley implícita para los que vuelven el domingo. La previa puede durar hasta seis horas, pero hay que arrancar con el primer bostezo. Y entonces empieza el trip ácido.
La Costanera ya no es esa tardecita en Santa Clara, ese paseo por Plaza Serrano en enero. Parece el San Juan de Puerto Rico de Días de Ron, pero sin saqueos. Las botellas quedan en los bares al paso, pero los vasos de plástico alfombran las veredas. Hay algunas máscaras, muchas pelucas, ningún pomo de carnaval.
Los autos no pueden pasar por Costanera. Miles de pibes y pibas de todo el país (y más allá) replican el corte que otros miles realizan a kilómetros de allí. Pero estos son asambleístas de la joda, en pares conceptuales: champagne con minita, fernet con cuarteto, vodka con naranja. ¿Y la María dónde está?
Flashes(back)
Las horas de sueño típicas (admitidas) son cuatro. El Corsódromo queda a quince cuadras del boliche Bikini, que es más el punto de referencia que el de visita, al menos para los dos mil que quedaron fuera la primera noche. Andar esas quince cuadras durante la mañana (en el Corsódromo acreditan hasta las 12) es desalentador: los ácidos estomacales burbujean sobre baldosas ardientes. Pero ni un filtro. Ni una tuca. Ni una Smoking abandonada. Aún no hay nota.
Hasta que, como si fuera la isla de Lost, Gualeguaychú te sorprende en cualquier momento. Por ejemplo, a las 11 del sábado, con un sol que lastima la piel. El único loco suelto, hasta ahora, está sentado en los ladrillos que hacen de burlete de su puerta. Pica su piedrita, se alerta sobre el espectador y sube la mirada, asustada y violenta. Queda en el anonimato porque el instinto de conservación le gana al periodístico. A lo lejos se ve el Corsódromo.
Carnaval toda la vida
En las tribunas del Carnaval, con Luisana y Darío Lopilato de invitados, esa noche habrá más olor a colonia que a mota. Pero en Entre Ríos hay redención y la segunda señal divina llega de la mano de un cuerpo tropical de pollera blanca. La promotora entrega flyers que anuncian a Dancing Mood esa tarde en el parador Playa Bonita. Las morenas siempre te dejan contento. Habrá nota.
El agua del río es lo más frío de Gualeguaychú. Y está tibia. Un solo tipo parece lo suficientemente abstraído. Se llama Fito, es el instructor de la caminata sobre el elástico (obviamente suspendido a un metro del suelo). Se ríe al oír el nombre de la revista. Llama a su coequiper: "Esto es para la THC". Otro más escucha y para la oreja: "Buena revista, loco, la compramos a veces", arroja.
Resulta que Fito puso en stand by su vida en Gualeguaychú cuando terminó la secundaria, pero volvió hace siete años. Explica que, en cierta forma, su laburo en Playa Bonita es un cauce para su cuelgue. Tiene el lugar (la playa), el sonido (Dancing Mood) y la planta correcta. Hace una pasada por el elástico. Se exige y repite, entrecerrando los ojos, y explica que, en ese instante, está conectándose al mundo. Está como crucificado sobre el elástico con las piernas en reverencia. Qué tipo copado, Fito.
Volviendo a la arena con la cabeza volteada hacia la atlética madurez de la rubia que prueba suerte, los guiños aparecen cuando uno está al asecho de complicidad. "¿Estaba rico eso, ¿no?" El del comentario es Juan, que invita a THC a pasar un rato con sus amigos. El de la guitarra está dale y dale con "Clandestino". Entre volutas y con huecos, reconstruyen la noche anterior: "Escabio, chicas, fasito". Al Carnaval ya no van, son sus séptimas vacaciones en Gualeguaychú y no le encuentran sorpresa.
Las chicas no pitan. Los que fuman, fuman y escabian. Los que escabian, sólo escabian. Y los que toman agua, ya saben. Pero no hay revelaciones chamánicas y, aunque el Fernet salga a toda hora, no parece haber mucha rigidez por fuera de los músculos trabados en el parador. Algunos cuerpos parecen biónicos.
Juan y Charly están con amigos y tienen algo tan rico entre manos que apenas notan la presencia ajena. "Capaz el más fumador soy yo, que fumo uno por día, tranquilo en casa", dice Juan. Charly, que bien podría apellidarse Marley, es fumador social, igual que otro cuyo nombre quedó olvidado en un sorbo de tinto caliente. Después de ver a la banda de Hugo Lobo, que estimula baile y fumo, se vuelve al río un rato, se baila otro tanto y se repite la retirada, haciéndole fondo blanco al sol que queda.
La previa del Carnaval, picada incluida, es el momento del carioca. Y es cuando uno se da cuenta de si llevo mucha o poca. Pero es también el momento crítico, cuando el Carnaval no parece, en verdad, tan prometedor. Jugar a Paul Kemp, intentar encontrar una Chenault desojando su ropa en plena fiesta en la playa, tira más. Pero ni lo uno ni lo otro. El Carnaval es el esperado desfile lisérgico, y aunque no hay bicicletas en el Corsódromo, puede cumplir muy bien. Y no hay Chenault a la vuelva a la playa.
El comienzo de la abstinencia
El domingo es la última expresión superyoica antes de que el ello semanal ataque. La atención en las casas de familia es excelente y, en ese contexto, ¿por qué no regarle las plantas? Viene una frase a la punta de la lengua. Sí, sí, ésa misma de nuevo: "Qué linda mañana". Se desayunan tucas.
Con otro par de horas de sueño y la tercera ducha del viaje, hay que salir para el parador temprano. Solar del Este es el place to go histórico. Ese domingo hay cinco mil desperdigados en el comedor, en las canchas de voley, sobre la arena, bajo los árboles, dentro del río y fuera de sus cuerpos. Las rondas de mate documentan una resaca que no se va. Se prueba con actividad física para compensar. Jodida migraña.
Manguear papel es tarea difícil: un buen scout puede lograr, con suerte, un par de hojitas arrugadas. De cualquier forma, la recorrida sirve de anecdotario: los viajeros admiten que hubo pocas conquistas y que son, sobre todo, femeninas. La mayoría vuelve con un teléfono y una promesa de reencuentro. Hay poco amor casual y las chicas se las pasan recategorizando a sus amigos como novios, ante los colmillos que aparecen chorreando vino espumante. Entre alardes y puchos, la tarde se corona con un bombón helado, señal inequívoca del bajón.
Sobre el escenario, la negra aparece en escena y está muy buena. Las pibas reclaman al negro Pedro en al agua, todas contra uno. En un arenero del tamaño de una cancha de papi, los celebrantes se dividen por género, con una invitación estúpida para que "los que no están seguros" se pongan en el medio. Llueve sobre ellos lluvia de duchadores. El negro y la negra bailan. Dos chicas se besan.
Aparece el estigma barilochense. ¿Cuánto de cierto y cuánto de mito en todo eso? Tanto reggae sin ganja, tantos escotes anabólicos y bultos de esteroides, tanto pulso tropical en cuerpos caucásicos. Es difícil saberlo. Es como si lo que pasara en Gualeguaychú se quedará ahí, en esos montes de Venus vegetales.
Sólo se consigue algo más de información en la despedida del río, al ver tantos decesos: cajetillas arrugadas, botellas apoyadas en sauces, un poco de sangre de Cristo derramada en la arena y, finalmente, como un guiño de la Pachamama, una cajita de lillos que parece vacía semienterrada camino a los baños.
Ya se siente el viento fresco de la tarde noche. Qué linda tarde noche.
Crónica de viaje publicada en la edición de marzo de la revista THC (http://www.revistathc.com)